El bloqueo en un comité no nace de la incompetencia técnica. Nace de la necesidad de proteger cada parcela de poder antes que el negocio.
Nunca he visto a un equipo directivo fracasar por no conocer su sector. Son personas brillantes, con trayectorias sólidas y una lealtad probada al negocio.
Sin embargo, cuando se sientan alrededor de la misma mesa, cada uno se repliega a defender lo suyo. El miedo a perder influencia, la defensa del presupuesto o la desconfianza acumulada tras años de decisiones unilaterales levantan un muro silencioso.
La inteligencia individual no suma. Se anula en una guerra fría de cortesía, alrededor de tensiones que nadie nombra.
La trampa de la armonía artificial y la reunión de pasillo
La reunión de pasillo es el síntoma más claro. Indica que en la mesa oficial no hay espacio para discrepar sin pagar un precio.
Patrick Lencioni lo describió al analizar las disfunciones de los equipos directivos. Cuando falta confianza, aparece un sustituto que envenena: la armonía artificial.
Si discrepar en público se vive como un riesgo político, los directores se retiran. Callan en el pleno y maniobran en la sombra.
Esa reunión paralela, a espaldas del Director General, vacía de autoridad al órgano de gobierno. Envía mensajes cruzados a las segundas líneas, siembra rumores y convierte cada acuerdo en una sugerencia que cada área aplica a su conveniencia.
La deuda conversacional: el coste de las verdades no dichas
La deuda conversacional es el interés compuesto, en tiempo y en dinero, que paga una empresa por cada decisión incómoda que su comité aplaza.
Cada vez que un director detecta algo inviable y calla para no incomodar a otro, el sistema se endeuda. Cada vez que el Director General evita confrontar un incumplimiento para no abrir una crisis, los intereses crecen.
Como toda deuda, no se evapora sola. Aparece en la marcha de personas clave, en la pérdida de tracción comercial y en un desgaste sordo que agota a quien preside la mesa.
Y cuando se cobra, siempre es tarde. Y siempre sale caro.